Tuesday, March 11, 2008

Sólo puede decir que disfrute y que me sirvió mucho este blog para aprender.

Gracias por todo. Genial su relato sobre canallas.

Andrés Pons


No creo en los cierres como finales propiamente dichos, sino que convencida estoy de que son siempre apertura a otros principios. Y aunque a veces resulta difícil decir adiós...siempre es necesario. Es parte de la vida ir despojándose en nuestro tronco de las hojas viejas y gastadas para que en ese espacio que, momentáneamente, creemos desalojado, vacío e inerte, vayan gestándose otras nuevas que seguro surgirán, aún más fuertes, más sabias y mucho más hermosas de las que, sin perderse, se desprendieron para servir de alimento a otros seres hambrientos de los mismos nutrientes que a nosotros no nos sirven ya.

Y bueno...yo sí voy a atreverme con una crítica negativa. No sea usted tan modesto, por favor. Somos muchos más de dos o tres los que hemos venido disfrutando por aquí. En mi caso, nunca hice comentario alguno porque considero que poco se puede decir ante el despliegue de conocimiento y sensibilidad que has ofrecido a todos los que hemos tenido la fortuna de compartir la imagen en el alma que el cine y la vida forjó en ti, salvo, admirados, permanecer enmudecidos...y aprender.

Gracias y hasta pronto.

Cati.


Este blog es un tesoro, un regalo para los sentidos, un bálsamo contra la mediocridad, una prueba irrefutable del amor que alguien como tú profesa por el cine y que, desinteresadamente, compartes con todos aquellos que, sin dudarlo ni un instante, hemos decidido seguirte en una aventura absolutamente maravillosa en la que ahora aparece la palabra FIN, pero una cosa has de saber mejor que nadie: Lo mejor de la palabra FIN en el cine es que después de haber disfrutado de una obra maestra tal y como ha sido la experiencia de poder leerte siempre nos queda la opción de coger el mando a distancia y volver a darle al Play para regocijarnos en los mejores momentos, o todavía algo más aconsejable: Disfrutar un segundo visionado en el que, sin ninguna duda, hallaremos detalles nuevos y sutiles que no vimos o no supimos ver la primera vez.
Siempre hay que tener la confianza de que los grandes realizadores que nos han legado numerosas obras de arte, han tenido como máxima inquietudes no agradar al público, sino agradarse a sí mismos y, a partir de ahí, el reconocimiento y disfrute se hace extensivo a todos los que han contemplado su obra, puesto que ésta está concebida desde la veracidad, la autenticidad y el corazón.
Otra de las cosas más admirables que yo destacaría de todo lo que he leído es el altruismo que se destila en su conjunto, puesto que la calidad del resultado final ha sido magistral y, al parecer, el número de seguidores no ha ido acorde, pero a raíz de ahí se pueden hacer muchas y muy acertadas conclusiones. Como muy bien dices, Orson Welles se las vio y se las deseó para realizar su Quijote en unas condiciones paupérrimas, con un equipo de realización a sus espaldas de apenas 3 personas, no lo llegó a finalizar pero en este caso el director nos ha dado la oportunidad de que seamos nosotros, los lectores, los que concluyamos su obra, y a este humilde servidor se le ocurre una palabra demasiado poco original para concluir, así que la utilizaré y añadiré otra también: GRACIAS, CINE.
Un abrazo de cinéfilo Mr. Winston, espero volver a tener noticias tuyas muy pronto desde este lugar.

Salman, Alberto


Gracias.

Un beso.
Gema.


Algunos ya conocíamos algunas "obras maestras" de este creador. Por eso nos acercamos hasta aquí, a regañadientes, deseando que sólo fuera un paréntesis y volviese a aquel foro donde le disfrutábamos de continuo y donde la participación era más abierta y directa que en este blog de vocación monologuista.
Finalmente vimos que no, que la vuelta no iba a ser posible y que si queríamos gozar, aprender y sentir cine deberíamos pasarnos por aquí a diario. Y así lo hicimos, hambrientos, ansiosos por recibir nuestra ración. Alguna vez nos saciaba, otras, nos sabía a poco, pero casi siempre nos animaba a regresar.
"La imagen en el alma" titulaste y hay algo que ha sido muy abundante en este viaje, "el alma". Algunas veces habrás estado más afortunado, en muchas habrás llegado a nuestro corazón con más acierto, en bastantes nos hemos relamido de disfrute, pero en absolutamente todas podemos decir que hemos sentido "el alma", tu alma, en los escritos.
Como aquellos 7 sabios de Howard Hawks en "Bola de fuego", eres un erudito, pero tu no necesitaste a Barbara Stanwyck para que las palabras tuvieran vida, sentimiento. Tus escritos se mueven desde el amor, desde la pasión, desde el corazón. Como el poeta canta a su amada, tú cantas al cine. Él te entrega imágenes que tú conviertes en inolvidables, él te entrega historias que tú tornas en placeres, él te presenta seres que tú percibes como amigos.
El cine no pide nada, es un amante generoso que se entrega a cualquiera que lo quiera recibir sin esperar contrapartida. Pero a veces, algunas veces, sin requerirlo, recibe algo a cambio. A veces surgen en la sala oscura unos ojos que le miran distinto, que recorren sensuales sus entresijos, que desnudan sus esencias, que acarician sus enfoques. Esos ojos, distintos, especiales, únicos, no se han detenido en la contemplación callada, en el disfrute solitario y onanista. Los ojos que así miraron se han convertido en letras y han compartido las imágenes. Nos han traído "la imagen en el alma".

Como en las buenas películas no hay un final feliz, ningún final puede serlo si no queremos que llegue, si queremos que continúe indefinidamente. Tal parece que eso no pueda ser, así pues, esperemos que estrenen pronto la segunda parte que, en este caso, apuesto sobre seguro que será buena o mejor, como "El Padrino".

Un abrazo, con toda mi admiración y cariño. Carpet.


Aunque LA IMAGEN EN EL ALMA me parece inspirada en LA ESCRITURA EN EL ALMA, de Javier Marías, en general estuvo bien.

Anónimo.


"No cabe en una vida mi gratitud".
Es ésta una frase de Alejandro Sanz, poeta español de finales del siglo XX, y la que mejor expresa mi relación con este blog.

Durante todo este tiempo, para mí no ha sido un lugar de placentera lectura, sino también una fuente inagotable de consultas. Me dio la posibilidad de ampliar nuevos horizontes cinéfilos; añadió nuevas y valiosas miradas a autores, directores, actrices y actores que, en su día, no supe apreciar, y me aportó las armas que necesitaba para abordar con propiedad mis críticas cinematográficas.

De las múltiples e inapreciables cualidades de este blog, que muchos ya apreciaron antes y posiblemente mejor que yo, sólo voy a citar una; la GENEROSIDAD de quien comparte, sin condiciones, su sabiduría.

A fecha 13 de marzo de 2008 esta humilde cinéfila escribe críticas de cine gracias a este blog y se sabe CRÍTICO DE CINE, y no de los peores.

Gracias por tus enseñanzas.

M.I.


Espero que al final sea, simplemente, un hasta luego, y que haya una segunda parte. Ya sé que dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero la tuya sería como "El padrino II". De cualquier forma siempre podré releer post como el de Atticus Finch. Gracias por todo.


Marguerite


Dicen que una imagen vale más que mil palabras. En este rincón encontré a alguien que con su palabra nos hacía ver miles y miles de imágenes. Nos enseñó, nos transportó al territorio donde más cómodos nos sentimos y nos emocionó en más de una ocasión. Gracias, maestro. Yo también espero que nos veamos y nos leamos pronto. Un saludo. Dex.


Se toma un merecido descanso señor Devlin, usted que siempre decía que los hechos importan más que las palabras y tantas nos ha regalado. Muchas inscripciones de contraseñas olvidadas para poder hacer aquí algún comentario, se convirtieron en miradas que se han paseado por este blog de forma silenciosa. Espero encontrarle algún día en el camino, quizás le diga...me recuerda usted a un tipo pedante que disfrutaba con el cine. Sólo un consejo, no olvide por ahí la botella de vino.

Al señor Wolf: No sé si sigue pensando que no debemos chuparnos nada todavía, pero sus escritos son para correrse.

miawallace

Una común amiga me recomendó este blog. Le estaré eternamente agradecido. Gran blog, inmensos artículos.

Un placer de lectura.

Anónimo

Monday, March 10, 2008

DESPEDIDA SIN CIERRE

Todo llega a su fin y este blog ha conseguido atracar en el puerto al que estaba destinado. La experiencia ha sido un tanto agotadora, sí, pero enormemente enriquecedora y ha merecido la pena. Sin embargo, a este blog, tan modesto, tan lleno de letra y tan poco de imagen, tan pesado para algunos y tan útil para otros...a este blog, decía, le falta algo. Y me gustaría, aunque lo que a mí me guste es tan poco significativo como una gota de arena en una playa, que el cierre, el auténtico cierre y el único cierre posible lo pusieran las dos o tres personas que han ido siguiendo las evoluciones de todo lo aquí expuesto. Sí, sí, ya sé. Faltan muchas cosas. Me falta Truffaut, y me falta Fellini, me falta Visconti y me faltan multitud de creadores irrepetibles que me vienen a la cabeza. Pero ya han sido 299 artículos, algunos buenos, otros algo menos, y otros verdaderamente intragables, pero todos ellos, desde el primero hasta el último, han sido hechos con pasión por el cine, con verdadera alma de enamorado del séptimo arte, con el corazón en los ojos y los ojos en el corazón.
Es por ello quizás que yo no soy capaz de cerrar este blog. Desde el principio se me advirtió que sólo admitía 300 artículos y no quiero que se borre ninguno. Entre otras cosas porque así sabré que igual que hago cosas bien, también las hago muy mal. Por eso quiero pediros a los que me habéis seguido, a los que queráis decir cualquier cosa que pongáis un comentario a este post como despedida del blog y yo, puntualmente, lo subiré, uno a uno, como el último post posible. A los que me habéis criticado, gracias. A los que me habéis seguido, gracias. A los que habéis aborrecido mis letras, gracias. A los que han acariciado con sus ojos cada una de mis líneas, gracias. Seguro que en cuanto descanse un poco abriré otro blog, con otro enfoque, con otras ideas y con otro título. Y tal vez, el artículo de apertura de ese blog nuevo sea éste último que os pido que hagáis en esta imagen en el alma. Y, por favor, no penséis que lo que quiero es un montón de alabanzas y de loas a mis estilos, tampoco quiero críticas despiadadas con algún que otro puntito de envidia en la digitalización del teclado. Sólo quiero que cada uno de vosotros, con vuestro propio punto de vista, escribáis la despedida de este blog. Recordadlo. Poned la contestación en este post que yo lo subiré como artículo según vayan llegando.
Espero veros a todos, algún día, en medio de una sala de cine iluminados por la luz trémula y parpadeante del proyector de nuestros propios sueños.
Hasta siempre.
Devlin. César Bardés. Winston Wolf.

Friday, February 29, 2008

LECCIÓN DE CANALLAS

Casi nadie sabe esto. A principios de 1941, aterricé en Hollywood proveniente de mi Inglaterra natal. Había montado algunas películas de bajo presupuesto y mi cultura cinematográfica se reducía a Chaplin, Griffith y a un estupendo director inglés que emigró a América con el nombre de Alfred Hitchcock. Mi ingenuidad se limitaba a dirigir su atención hacia la guerra en la que mi país se sumergía estrepitosamente. Al trasladarme, mi ilusión se destinaba a comenzar una carrera que me llevara directamente hasta el patio de butacas en la ceremonia de entrega de los Premios de la Academia. Apenas me hube instalado, conseguí un sustancioso contrato para trabajar en la RKO Radio Pictures añadiendo una confortable cláusula que me permitía desarrollar mi tarea para otras productoras, al menos, una vez al año. Nunca supe por qué accedieron a tal condición. Algunos compañeros se pasaban años enteros en la sala de montaje con el único sueño de dar el salto a la dirección y yo, un recién llegado, obtenía lo que muchos ni siquiera se atrevían a pedir. Cuando esperaba incorporarme a mi primer montaje en Estados Unidos, recibí la llamada de un nombre de apellido casi impronunciable.
- Sí, al habla -contesté aún somnoliento.
- ¿Le he despertado? -inquirió la voz al otro lado del aparato.
- No, no, en absoluto. Me estaba lavando los dientes. ¿Quién es?
- Mi nombre es Joseph Mankiewicz, pero puede llamarme Joe.
De hecho, lo que intentaba era disimular mi juerga de la noche anterior en casa de una rubia sin nombre que, para variar, aspiraba a ser actriz. Por otro lado, el nombre de aquel tipo no me sonaba de nada.
- Tengo que proponerle un trabajo -continuó- ¿Querría venir a mi casa y charlar sobre ello?
Me deslizó sus señas a través del hilo telefónico y colgué. Fui al espejo a mirarme y parecía que la guerra europea estaba teniendo lugar en los espesos bosques de mi pelo. Definitivamente, aún no estaba despierto.
Cuando conseguí que mi cuerpo reaccionara positivamente ante la avanzada luz del día, agarré con escepticismo la dirección que había anotado en esa encantadora libreta que todavía conservo sobre mi mesilla de noche y leí el nombre de Joe Mankiewicz.
Llamé por teléfono a Bob Wise, un tipo simpático de cara redonda al que había conocido en una reunión del sindicato poco después de mi llegada y con el que había ido a tomar unas copas un par de veces.
- Bob, me ha llamado un tal Joe Mankiewicz y me ha citado en su casa.
Antes de que pudiera terminar la frase, Bob exhaló un largo silbido.
- Vaya, chico, y eso que acabas de llegar.
- ¿Es productor?
- Y guionista. Lleva años tratado de dirigir su primera película. El año pasado financió "Historias de Filadelfia" con Grant, Hepburn y Stewart. ¿La has visto?
- No -en aquellos días era muy difícil el traslado de copias hasta Inglaterra debido al conflicto con Hitler y, además, procuraba no ir mucho al cine. Bastante empacho tenía ya al cabo del día.
- Es estupenda. Yo acabo de terminar una película con su hermano como guionista. Ve a verla, va a ser un bombazo.
- ¿Cómo es?
- Pues es la historia de un magnate del periodismo...
- No...- interrumpí con hastío- me refiero a Mankiewicz.
- Ten cuidado con él. Tiene un carácter parecido al de un hipopótamo recién salido del dentista.
Mi primera reacción fue ponerme un traje oscuro. Había aprendido que caes mejor a una persona cuando te vistes como su carácter. Cuando apreté el timbre de la fastuosa mansión de Mankiewicz me esperaba a un mayordomo y aguardar varios minutos antes de ver al gran hombre, pero, para mi sorpresa, él mismo me abrió la puerta. Su aspecto era potente, fuerte, macizo, sin fisuras. Su baja estatura no remediaba esa primera impresión. Tenía una copa en su mano y una pipa humeante en su boca. Me presenté algo trémulo y, con un tono educado, me hizo pasar a un amplio salón forrado de madera noble y que, en el centro, exhibía un sofá estampado que me hizo dudar, por un momento, de su buen gusto. Realmente, aquello parecía el decorado de una obra de teatro.
Mientras intercambiábamos las formularias frases de cortesía, me sirvió una bebida. Cuando me la llevé a los labios, ya había entrado en materia.
- ¿Le gustaría montar una película para mí? -preguntó como si se interesara por el tiempo que hacía en Beverly Hills.
- ¿Qué película? -inquirí con cautela.
- Es un cortometraje. Nada espectacular.
La cosa iba empeorando por momentos.
- Bueno -dije- no me esperaba esto.
- La película es corta, pero la paga es larga.
¿Qué otra cosa podía hacer?
- Acepto.
Me estrechó la mano mientras su sonrisa se esfumaba como si una goma de borrar pasara por su rostro a velocidad de tranvía.
- Empiezas mañana, ahí tienes el guión.
No abultaba mucho, desde luego, pero no pude evitar fijarme en la portada: "Lección de canallas", por John Huston.
Esa misma noche lo leí. Me quedé boquiabierto. Era perfecto. Mis ojos acariciaron el texto sitiendo una ineludible cita con la violencia contenida, con la ironía, con el cinismo contagioso. Apenas quince minutos de filmación pero toda una vida de arte. Sólo puedo decir que la historia que contenían aquellas páginas era fresca, única, irrepetible, un retrato urbano de la despreciable sociedad civilizada.
No pude dormir. Solamente podía pensar en cómo podría quedar esa historia plasmada en imágenes. El hermetismo de Mankiewicz me impidió preguntar quién era el director. Y hoy, después de más de cincuenta años, todavía no salgo de mi asombro al comprobar con quién trabajé en aquella ocasión.
Allí estaba un hombre joven, de unos veintiséis años de edad. Su cara parecía la luna en cuarto creciente, con un lado oscuro y con un punto de turbiedad y el otro brillante y sereno. Tenía el rostro muy bajo y miraba hacia arriba con una mezcla de desafío y timidez. Poseía un poder magnético tal que, a pesar de su incipiente obesidad, su traje parecía la funda de un principe. Dibujó una sincera sonrisa, me alargó la mano y se presentó:
- Hola, soy Orson Welles. Siento la premura con la que Joe te llamó pero hasta última hora no hemos decidido quién iba a montar la película.
Tenía una voz tan profunda, tan medida...Desde entonces, no sé por qué, siempre he pensado que si Dios existe, debe poseer la voz de Orson Welles.
- ¿Qué te ha parecido el guión? -preguntó
- Fantástico -dije repleto de sinceridad.
- Estupendo. Entonces pongámonos a trabajar.
Su entusiasmo era casi infantil. Me trajo las latas de película y nos pusimos a trabajar en la mesa de montaje. Pasamos por la moviola cada pedazo de celuloide que Welles había rodado. Confieso que, si alguna vez la palabra perfección ha tenido algún sentido, ha sido cuando mis ojos capturaron a todo el resto de mis sentidos al ver todas aquellas imágenes hipnotizantes, inconmensurables, fabulosas, llenas de crítica hacia la vida, repletas de optimismo hacia la esperanza, con una fuerza tal capaz de derribar cualquier sentimiento conocido. Hoy, después de haber montado un centenar de películas, de haber visionado otras miles, no he visto planos como los que vi con Welles a mi lado, supervisando cada detalle de mis cortes, cada movimiento de mis ágiles manos, compartiendo cada minuto de sabiduría que vertimos, ilusionados, sobre "Lección de canallas".
Cuando finalizamos el trabajo, Welles decidió hacer un pase privado al que asistimos Mankiewicz, Gregg Toland, el operador de la película, Welles, yo mismo y un tipo parecido a una torre de carne de ojos paternalistas y sonrisa de buitre y que respondía al nombre de John Huston.
Lo que allí vimos no lo puedo describir. Era una maravilloso espectáculo que nos era ofrecido directamente por las fantasías emanadas del mismo espíritu de la genialidad. La historia del fracaso, de la maldad intrínseca de la condición humana, del lirismo de vivir, de la poesía de morir...Todo un rompecabezas unido desde la sabiduría, desde la madurez. Eran los quince mejores minutos de un arte de cuarenta y seis años.
Ese día, en la sala de proyección, fue el último en el que nuestras miradas se entrecruzaron. Aquella misma noche, misteriosamente, la película y el negativo desaparecieron. Nunca se supo quién pudo entrar en el estudio y llevarse todo el vestigio posible de la existencia de la cinta. Nunca se encontró.
Mankiewicz ordenó una investigación interna en el más absoluto de los secretos. Tuvo pánico de que otros estudios pudieran indagar sobre el paradero de la obra maestra que acababa de realizar para, después, intentar el plagio más descarado bajo el auspicio de otros productores ansiosos de éxito. Debido a compromisos adquiridos con anterioridad, todo el personal de la película se integró en otros equipos para continuar sus carreras por separado. Nunca hubo constancia alguna de que tal conjunción de talentos trabajaran juntos en alguna ocasión. Cuando Mankiewicz se cercioró de que no había ninguna posibilidad de recuperar toda aquella magia filmada, quemó el guión y todas sus copias en la chimenea de su casa. Jamás quiso volver a rodar "Lección de canallas", tal vez porque no deseó repetir una experiencia tan única temiendo que se evaporara el encanto de lo que iba a ser leyenda.
Desde entonces, todos sus esfuerzos se orientaron hacia su deseo de dirigir sus propias producciones. Después de cuatro años de discusiones y disputas que estremecieron de chillidos los pasillos del estudio, pudo presentar su primera película aprovechando una enfermedad del director previsto, Ernst Lubitsch: "El castillo de Dragonwyck".
Orson Welles se dedicó en cuerpo y alma a un proyecto titulado "El cuarto mandamiento" lo que significó su ruptura total con el resto de una industria que nunca quiso aceptar su enorme talento.
Gregg Toland se incorporó al rodaje de "La loba", dirigida por William Wyler y se convirtió en uno de los mejores cazadores de instantes que nunca tuvo el cine. Murió pocos años después de una desdichada enfermedad.
John Huston consiguió rodar su primera película como director aquel mismo año. Contrató a Bogart, adaptó a Hammett y "El halcón maltés" fue el primer paso en la carrera de un hombre que supo combinar, como ningún otro, la obsesión por el fracaso con la perversión del éxito.
Yo, por mi parte, he trabajado con grandes directores...pero nada se puede comparar con aquel cortometraje que el público no llegó a ver. Algún tiempo después reuní el suficiente dinero como para convertirme en productor independiente y he conseguido un par de premios de la Academia que guardo en mi despacho.
Durante el transcurrir del tiempo tuve una obsesión íntima que ha consistido en coleccionar películas en su formato original y, desde luego, presumo de tener una de las mejores selecciones posibles de ese arte extraño y maravilloso que es el cine.

Mientras dejo de escribir, la luz del proyector se estrella contra la pantalla. El sillón me recibe con cierta nobleza y noto cómo una media sonrisa se asoma en mi interior. Respiro hondo, enciendo un cigarrillo y, repleto de una satisfacción que solamente experimenta aquel que se siente privilegiado, leo los títulos de crédito que resbalan lentamente sobre la superficie blanquecina...anunciando una producción de Joseph L. Mankiewicz..."Lección de canallas"...


En homenaje al cine, porque ningún otro arte ha producido tantas obras maestras en ciento trece años de existencia, porque siempre ha sido un íntimo amigo mío con el que he podido ordenar pensamientos, compartir inquietudes y llorar lágrimas que nunca pudieron ver la luz fuera de una sala.

Thursday, February 28, 2008

JOHN STURGES: EL COLOR DEL DESIERTO

El cine de John Sturges se caracteriza por la desripción de situaciones de algunos hombres buenos que han sido trasladados a medios hostiles a los cuales no pertenecen. Y esos hombres deben sobreponerse no sólo a tales ambientes, sino también a la acción de enemigos naturales. Así pues, podríamos decir que lo que le interesa a este singular cineasta es la grandeza humana para superar dificultades que, por otra parte, no siempre dejan satisfechos a sus protagonistas. En cuanto a su gusto estético, sus películas siempre han tenido un color arenoso, caliente, como si el polvo del desierto se adhiriera al objetivo de una cámara y, entre grano y grano, vislumbráramos las figuras de unos hombres de quemado pretérito y desolado futuro.
Procedente del oficio de montador (entre otras, parece ser que estuvo a cargo de la moviola en "Gunga Din", de George Stevens), John Sturges dejó un buen puñado de excelentes películas de las que no extrajo el prestigio que se merecía (se le tachó de "comercial") pero que dejan constancia de un raro talento empobrecido por una personalidad un tanto errática.
Después de dos avisos de calidad como fueron "El caso O´Hara", con Spencer Tracy, y "El sexto fugitivo", con Richard Widmark, su primera gran película es una pequeña obra maestra: "Conspiración de silencio". Vertiginosa de planteamiento, nudo y desenlace (la película no llega a la hora y veinte minutos) y contando con un reparto de auténtico lujo que incluía al propio Tracy (fantástico, dominador aplastante de toda la historia), Robert Ryan, Walter Brennan, Lee Marvin, Ernest Borgnine y Dean Jagger, es un inquietante western contemporáneo localizado en un pueblo perdido en medio de ninguna parte con una notabilísima dirección de actores y descripción de ambientes. Su retrato del forastero con una mano inútil que llega a un villorrio para entregar una medalla al valor al padre de un compañero de raza oriental que combatió junto a él en el frente de batalla y se encuentra con un enrarecido temor entre los habitantes, víctimas de un feroz caciquismo, es de una potencia excepcional haciendo que, cada vez que la volvamos a ver, pasemos un mal día en Black Rock.
En 1957, se atreve a ofrecer su particular visión del duelo de OK Corral afrontando las posibles comparaciones con John Ford y su "Pasión de los fuertes" en la muy notable "Duelo de titanes", contando con Burt Lancaster en el papel de Wyatt Earp y con Kirk Douglas en el de Doc Holliday y saliendo más que airoso del envite. Si bien el Earp de Sturges es algo más expresivo y humano que el hombre adusto que nos presentó Ford y Doctor John Holliday es ciertamente más complejo y fascinante, el film está desprovisto de ese romanticismo épico que Ford imprimía a sus películas pero que, en cualquier caso, es una excelente versión de gran fuerza (una de las características más preclaras del cine de Sturges) que ha quedado como todo un clásico.
Consigue otro western de gran calidad con "Desafío en la ciudad muerta", una especie de película de cine negro trasladada al Oeste sobre un hombre que intenta rehacer su vida y un antiguo compañero de fechorías que le devuelve a su pasado más oscuro. Si bien la elección de Robert Taylor es más que discutible (al que sólo Nicholas Ray con "Chicago año 30" supo extraer algo realmente bueno), la de Richard Widmark es muy acertada y el film tiene un vigor ciertamente envidiable.
Por esta época, el gran cineasta Akira Kurosawa se pone en contacto con él puesto que está preparando su película "Yojimbo" y, deseoso de reflejar un ambiente parecido al de "Conspiración de silencio", le pide asesoramiento. Sturges acepta pero le ronda en la cabeza una adaptación al western de "Los siete samurais" y renuncia a todo salario a cambio de que Kurosawa fije un precio razonable al vender los derechos de su historia. El maestro nipón aceptó la propuesta.
Deseoso de obtener cierto prestigio, Sturges acepta el encargo de adaptar a Ernest Hemingway en "El viejo y el mar" con Spencer Tracy de protagonista, pero su visión de la historia del pescador que atrapa la presa de su vida (en realidad, una visión maestra del cuento de la lechera) en aguas profundas y durante el regreso es devorada por otros peces, no es nada apropiada, quizá por la carencia de acción, al ser casi íntegramente situada en la barca del pescador con solo Tracy (que está, una vez más, inmenso) en ella. Para arreglar el desaguisado se tiene que llamar a Fred Zinnemann, algo más experto en estas lides. En cualquier caso, el film fracasa con estrépito, a pesar de la nominación que le cae a Tracy, y Sturges, desde entonces, sólo se dedicará a hacer lo que mejor sabe.
Así pues, "Cuando hierve la sangre", un film muy cercano al melodrama a pesar de ser de ambiente bélico en Asia, resulta ser una estupenda película que arranca una notable interpretación a Frank Sinatra y descubre para el cine, en un papel muy secundario, a un joven que roba todas las escenas en las que aparece y que responde al nombre de Steve McQueen. Por otro lado, a raíz del rodaje, nace una buena amistad con Sinatra y, por ende, con su famoso clan hasta tal punto que cuando, algunos años después, se pone en pie el segundo proyecto "familiar" del "Rat Pack", en concreto "Tres sargentos", el elegido para la dirección es John Sturges.
Ese mismo año dirige otra obra maestra de la que también hemos hablado en este blog: "El último tren de Gun Hill", con Kirk Douglas y Anthony Quinn en una historia de venganza, racismo, brutalidad, amores y odios paterno-filiales y una tensión crecient que la convierte en una película de precisa inteligencia (con esa relación juvenil entre los dos protagonistas apenas esbozada, pero clarísima) de terrible y única violencia.
Por fin, Kurosawa cede los derechos de "Los siete samurais", Yul Brynner pone algo de dinero y Sturges realiza "Los siete magníficos", excelente película que, a pesar de los esfuerzos en contra de Brynner, encumbra a Steve McQueen y que respeta al original a pesar de ofrecer su propia visión de la historia. (De hecho, Kurosawa aplaudió la película diciendo: "Nunca pensé en mi película como un western...y debo decir que es muy buena"). Sturges acerca la película a lo legendario con la impagable ayuda de la banda sonora de Elmer Bernstein, soporte perfecto para el galope de unos hombres sin arraigo que cabalgan hacia la muerte porque en sus vidas les habían ofrecido mucho dinero por matar, pero nunca les habían ofrecido todo.
Se marcha unos días a Japón para colaborar en el rodaje de "Yojimbo", que resulta ser una obra maestra y, al regresar, después de la intrascendente incursión con el clan Sinatra, Sturges realiza su mayor éxito comercial y artístico: "La gran evasión", clásico entre clásicos de campos de prisioneros, basada en hechos reales, aunque Sturges modificó la realidad histórica agrupando a varios personajes en uno sóo en aras de la concisión e introduciendo, con el ojo puesto en la taquilla, personajes estadounidenses cuando en ese campo de concentración sólo había británicos, canadienses y australianos. En cualquier caso, es un film brillante, con extraordinarias escenas de acción y un gran sentido del humor que alivia y alimenta la enorme tensión de las distintas fugas. En el rodaje, tuvo el asesoramiento de varios supervivientes de la evasión real que, como anécdota, llegaron a saltárseles las lágrimas al ver la recreación en decorado del famoso túnel.
Parece ser que a partir de ese momento el interés de John Sturges por el cine fue decreciendo paulatinamente pues pierde gran parte de su fuerza y su punto de mira está desplazado hacia la que fue su gran pasión: la pesca. Por otro lado, el multitudinario éxito de "Los siete magníficos" y de "La gran evasión" le permitió pasar largas temporadas sin trabajar, regresando a la dirección sólo para sanear su cuenta corriente.
"La hora de la pistolas" volvió a recrear el duelo de OK Corral, esta vez de manera más verídica, prescindiendo del largo duelo de anteriores versiones para hacer algo muy cercano a lo que pasó en realidad pues el verdadero duelo apenas duró un minuto y veinte segundos. Para ello, contó con James Garner como Wyatt Earp y con Jason Robards para el papel del Doc Holliday y la película se centra en lo que pasó después del mítico duelo (de hecho, arranca con el tiroteo). La película es excelente, con un punto de alejamiento del aura mítica para centrarse en el tesoro de la amistad de dos hombres que se ayudaron simplemente por pura y simple cercanía, porque, de alguna manera, eran hermanos en una tierra de pólvora y sangre.
Le ofrecen la adaptación del best-seller de Alistair MacLean "Estación Polar Cebra", una apasionante trama de espionaje, submarinos en aguas heladas, personajes de doble y triple filo, rusos y americanos embarcados en una carrera para recuperar lo que nunca debió perderse, asesinatos y una pequeña moraleja sobre la distensión entre las dos superpotencias. No obstante, la película resulta estupenda en su primera mitad pero se va desinflando hacia el final (en parte, por culpa de unos escandalosos decorados imitando el Polo) y resulta ser un éxito de taquilla arropado por un Rock Hudson que, por entonces, estaba en la cresta de la ola, un afilado bonachón bajo el rostro de Ernest Borgnine y un muy de moda (debido a la serie "El prisionero") Patrick McGoohan en un inquietante papel.
Al año siguiente, irige "Atrapados en el espacio", una descriptiva pelicula de ciencia fición sobre una hipotética misión de rescate de una tripulación espacial atrapada en una nave que muy lentamente va perdiendo oxígeno con Gregory Peck como jefe de todo el tinglado. Sturges aquí sorprende con una narración muy lenta, alejada de la acción de la que era un auténtico especialista, en una absorbente historia que resulta irremediablemente angustiosa según se acerca el final. De esta película, sin duda, ha bebido "Apolo 13", de Ron Howard aunque "Atrapados en el espacio", a su vez, está muy influenciada por el ritmo pausado que imperaba en el género en aquella época aunque, claro está, desprovista de toda disquisición filosófica.
Sturges adquiere una finca en la orilla de un lago y se va retirando allí largas temporadas. Algunos años después, vuelve a dirigir un western de corte realista con Clint Eastwood titulado "Joe Kidd", en la que despliega un notable ritmo y resultando una película de indudable aprecio.
A partir de aquí, Sturges dirige otro western (flojo, desacertado, aburrido y carente de interés) como es "Caballos salvajes", con Charles Bronson y aún es peor cuando se atreve a dirigir a John Wayne en un policíaco titulado "McQ", intentando que el Duque siguiera la estela que ya habían abierto Clint Eastwood y Don Siegel con "Harry el sucio".
Su último proyecto fue "Ha llegado el águila", interesantísima recreación del intento, por parte de un comando alemán, de asesinar a Winston Churchill, algo que se dio en llamar "Operación Águila". La película tenía casi todo para triunfar: un reparto excelente (Donald Pleasance, Larry Hagman, Treat Williams, Robert Duvall, Donald Sutherland y un muy acertado Michael Caine), un argumento de primera línea, un diseño de personajes muy eficaz, que incluía a Heinrich Himmler...pero, a pesar de que obtuvo un moderado éxito, a Sturges ya le interesaba tan poco el cine que ni siquiera quiso supervisar el montaje de la película, huyendo, el mismo día que finalizó el rodaje, a pescar a su finca. Como consecuencia de ello, la película tiene evidentes fallos narrativos que lastran considerablemente una muy buena historia que pudo ser mucho, mucho mejor. Jugando a ser director, yo hubiera enfocado toda la trama desde el punto de vista del fascinante Comandante Steiner, interpretado magistralmente y con un punto de descaro por Michael Caine...Afortunadamente, yo no soy director.
John Sturges falleció en 1997, veintiún años después de su última película, víctima de un enfisema pulmonar. Pocos como él se adaptaron a un medio tan lejano del que le había dado todo pero ue, probablemente, harto de los sempiternos intereses creados, dejó de interesarle. Quizá él fuera todos y cada uno de los personajes protagonistas de sus propias películas pasados por el tamiz de una visión inundada por el caliente y polvoriento color del desierto...y hoy aún tenemos una cierta sed por unas películas de un ritmo tan preciso, de una acción tan medida, de un talento que hizo que nos sintiéramos héroes al huir con una moto de la persecución de nuestros propios verdugos.

Wednesday, February 27, 2008

JEAN RENOIR: UN RENOIR EN MI SALÓN

Un día, Orson Welles publicó un hermoso artículo sobre Jean Renoir diciendo, más o menos, que no entendía cómo había gente que presumía de tener un cuadro de Pierre Auguste Renoir y no decían lo mismo si se tenía, por ejemplo, una película de John Ford en casa. Así la gente podría decir: "tengo un Lang, dos Ford y cinco Wilder, e incluso, un Renoir, un Jean Renoir". Pues bien, yo tengo varios Welles, Lang, Ford, Hawks, Mankiewicz, Kurosawa e, incluso, unos cuantos Renoir. Y mi orgullo, lo confieso, sufre de algún que otro envanecimiento al contemplar tantas obras de arte juntas. Es como una gran ilusión.
La palabra cinéfilo, aunque es apropiada para referirse a muchos, no gusta a algunos. Quizá algo parecido a cinélogo o kinetólogo sería más correcto, al igual que no procede llamar a alguien que ha estudiado alguna lengua, filófilo; o a quien ha metido las narices durante años en libros de pájaros, ornitófilo. Por eso, aquellos que son cinélogos o kinetólogos deberían estar agradecidos a Jean Renoir por su vocacional y apasionada dedicación al cine pues no dudó en vender cuadros de su padre (ahí es nada) con tal de financiarse sus propias películas. Así, parafraseando una vez más a Welles: "Hay gente que no sabe que tiene dos Renoir en su casa: un Auguste y un Jean, porque si no hubieran comprado la obra de Auguste, no se habría hecho la película de Jean".
Al Pacino, sobre Shakespeare, decía: "No importa lo que yo diga, seguro que Shakespeare ya lo dijo antes". Yo creo que lo mismo pasa con Jean Renoir: no importa lo que se haga en cine, seguro que Renoir ya lo hizo antes. Aunque, naturalmente, los lenguajes entre uno y otro disten mucho entre sí. ¿Que un tal Roberto Rossellini inventó el neorrealismo? Falso. Lo hizo Jean Renoir casi diez años antes con "Toni". ¿Que Robert Altman realizó un fresco sobre la diferencia de clases que a mucha gente le pareció genial en "Gosford Park"? A los cinélogos les parecerá, en toda regla, deleznable porque Jean Renoir ya hizo algo mejor, mucho mejor, con más sentido del humor, más acertado, de mayor calidad y una obra maestra indiscutible con "La regla del juego" dejando al, a menudo pedante, Altman a la altura de un simple aprendiz. ¿Que las películas de fuga de prisioneros de guerra suelen ser buenas y con muchas variantes? Puede ser, pero la madre de todas ellas es "La gran ilusión". Y así podríamos seguir con todas y cada una de las películas del gran director francés. Hasta François Truffaut reconoció que el padre de la "nouvella vague" no era él, ni Godard, ni Malle, sino Jean Renoir; y Fritz Lang también llegó a decir que una gran película suya como "Deseos humanos" era claramente inferior a la versión que Renoir había rodado casi veinte años antes con el título de "La bestia humana" y que tampoco consiguió igualarle con "Perversidad", que palidecía ante la comparación con la excepcional versión de Renoir bajo el título de "La chienne".
Uno de los Renoir que habría que observar con más detenimiento pues algunos la desprecian es "Esta tierra es mía". Y es magistral. No sólo por la inmensa altura interpretativa que alcanza Charles Laughton; o el extraordinario guión de Dudley Nichols, sino por esa dirección de Renoir que nos transmite, a pesar de esos decorados recreados en estudio, el ansia incontrolable de la libertad, la rebeldía que se antoja tan importante a pesar de proceder del más insignificante de los seres, lo peligroso que es hacer que, mediante la represión más sanguinaria y brutal, se tome conciencia de la propia identidad, el respeto, la igualdad de los hombres, el no guardar silencio...Siempre que he tenido el placer de verla, no he podido evitar que las lágrimas se asomen al balcón de mis ojos tímidamente, como no queriendo demostrarme a mí mismo que la emoción aún es parte de mí y que soy capaz de dar gracias al cielo por haber tenido el privilegio de ver y apreciar ésta y otras películas que ocupan su lugar, cómodo e irremplazable, en mi memoria.
Siempre he pensado que sus "Memorias de una doncella" eran claramente superiores al "Diario de una camarera", de Luis Buñuel aunque, según las bienpensantes mentes de algunos cinélogos, la mirada socarrona y humorística de Renoir está un poco obsoleta y Jeanne Moreau, haga lo que haga, tendrá ganada de antemano la partida a alguien como Paulette Goddard.
Claro que alguien como Renoir también sabía ser muy serio, como demostró en esa maravillosa cinta que es "El hombre del sur", con Zachary Scott intentando sacar de la tierra lo imposible y, los demás, dándonos cuanta de que los hombres como él deberían estar plantados y dar fruto y ser transportada su semilla por el aire y germinar en todas partes. Así abundarían esa clase de hombres que, por muchas veces que sean derribados, volverán a levantarse porque están hechos de barro, madera, polvo y tesón. Son héroes anónimos sin monumentos, ni medallas, que lo merecen todo...y que no tienen nada.
Como otros grandes cineastas, Renoir se sintió irremediablemente atraído por la India. Y allí rodó una obra llena de sensibilidad, contraposición entre el mundo occidental y el indio, mientras el amor nace y el despertar a la vida se revela como un cauce inexorable, una salida al mar, paso previo a la edad adulta donde las aguas jamás volverán a ser sueño. "El río" es, posiblemente, la mirada más lúcida de un cineasta occidental sobre la Indica y, para ellos, para esta película llena de sentimiento, contó con actores no profesionales (junto a la principiante y pelirroja Adrienne Corri que luego, veinte años después, la veríamos violada en "La naranja mecánica", de Stanley Kubrick) y la ayuda inestimable de dos ayudantes de dirección de lujo: uno, Robert Aldrich. Otro, el mejor cineasta indio de la historia: Satyajit Ray.
Las nuevas generaciones se dejan deslumbrar fácilmente por el lujo, el montaje rápido y mareante, el musical de cancioncillas pegadizas y anacrónicas, un can-can que no lo es, y porque dos estrellas "fashion" se ponen a cantar que los diamantes son los mejores amigos de una chica se cren que es la primera vez que eso se dice en un cine y que la frase es "genial". Eso, como muy bien dice el maestro Miguel Marías, es "cine-batidora" en estado puro. Estoy hablando, claro, del "Moulin Rouge", de Baz Luhrmann por el que Ovidio tendría que haber cobrado algún que otro derecho de autor (sí, sí, ya sé que la típica melodía del can-can es, en realidad, "Orfeo en los infiernos", de Offenbach...pero en la película brilla por su ausencia). Y es creencia entre la juventud que lo pasado, aunque sea moderno, es antiguo o, mejor, antigualla. "French Can-Can", de Jean Renoir es la esencia del París más bohemio y no tiene nada de lo anterior y es mejor, mucho mejor, infinitamente mejor. Por mucha vehemencia juvenil (y no tan juvenil) que se me eche a la cara, no hay comparación posible y es uno de los pocos temas en que me encierro y no comprendo ni siquiera una discusión en torno a ello.
Luego ya vinieron (antes o después de las citadas) testamentos de doctores, días de campo, Elena y sus hombres, que significó su ansiado encuentro con Ingrid Bergman, pequeñas joyas en forma de pequeños teatros, tiros al flanco, crímenes de señores, retratos de bajos fondos, marsellesas y carrozas de oro. Lo que es seguro es que ni un sola de las películas de Jean Renoir se puede tachar de mala, incongruente o despreciable. Y el legado que nos dejó el hijo del gran pintor impresionista es tan grande que yo siempre he presumido de tener seis Renoir en mi salón. Seis Jean Renoir.

Friday, February 22, 2008

GREGORY PECK: EL REGAZO DE ATTICUS FINCH

De todas las columnas y artículos que pude leer al día siguiente del fallecimiento de Gregory Peck, hubo una del maestro Rodríguez Marchante que me gustó por encima de todas las demás: "El marco en el que quisiera colgar para iempre el recuerdo de Gregory Peck es el de aquel hombre bueno llamado Atticus Finch que, en Matar a un ruiseñor, se aplacaban en su regazo los miedos de sus hijos mientras que cobraban vuelo sus ilusiones...Gregory Peck es Atticus Finch, el padre que todos hubiéramos querido tener pero, sobre todo, el padre que todos hubiéramos querido ser".
Tengo que confesar que nada ni nadie me ha infundido tantos ánimos y tanto coraje para afrontar la ardua tarea de ser padre que ese personaje y esa película. Y muchas veces, cuando mi hijo de pocos años me mira con sus enormes y risueños ojos, pienso que lo que busca es el consuelo, la tranquilidad, la ponderación, la inteligencia y el valor de Atticus Finch y ojalá algún día le pueda sorprender con alguna habilidad escondida y llene su mirada de admiración y, con ella, comprneda muchas de las cosas de la vida que aún le queda por vivir.
Bien es verdad que no sólo Atticus Finch conforma el universo interpretativo de Gregory Peck (aunque, sin duda, es el más importante de sus personajes), también hay algunos que le prefieren encima de una Vespa y acompañado de una princesa en "Vacaciones en Roma", de Wyler, o como el descarado e irritante Lewt McCanles de "Duelo al sol", de King Vidor (una película que nunca he sabido apreciar), o como el galante y enigmático (además de falso) doctor Anthony Edwardes del "Recuerda", de Alfred Hitchcock; o, los más jóvenes, tal vz prefieran al diplomático que se halla en medio de la mismísima encrucijada tejida por el diablo en "La profecía", de Richard Donner; o aquel tipo metido en una trama que le llevaba a crer que había descendido por las escaleras de un sótano cuando ni siquiera existían en "Espejismo", de Edward Dmytrik; o el obsesivo e iracundo Capitán Achab en busca de su fatal destino en forma de crucifixión sobre la piel de una ballena blanca en el "Moby Dick", de John Huston; o el lechuguino impertinente que se lía a tortazo limpio con Charlton Heston en "Horizontes de grandeza", de Wyler; o el abogado sitiado por un psicópata vengativo en las aguas pantanosas de "El cabo del terror", de Jack Lee Thompson; o el estirado e inteligente Capitan Horacio Hornblower que pnoe a unos cuantos españoles renegados contra las cuerdas en la deliciosa "El hidalgo de los mares", de Raoul Walsh; o el hombre de Boston, dispuesto a jugarse el barco y la vida por los brazos de una mujer que no va a dejar escapar con viento en las velas en la excepcional "El mundo en sus manos", también de Walsh...
Su estilo pasaba por el envaramiento un tanto hierático que le hacía, a veces, parecer un algo lejano, con una economía de medios expresivos impresionante que se apoyaba en su larga estatura y sus modales de auténtico caballero. De ideología liberal, se le llegó a proponer una prometedora carrera política que rechazó una y otra vez. Su hijo mayor murió por una sobredosis y dicen sus más allegados que nunca se recuperó de aquel golpe. Su matrimonio con Veronique Passani duró más de cincuenta años. Y es cierto que algunas películas de su carrera es mejor que caigan en el saco del olvido como aquella cursilada casi ofensiva que se llamó "El despertar", e Clarence Brown; o ese western aburrido y horrible, de nombre "Círculo de fuego", de Henry Hathaway. Incluso una vez, en una memorable tarde de cine, amistad, risas y arroz con leche en casa de un amigo, vi una cosa infumable y de traca de feria (muy apreciada por algunos) que se llamaba "Solo el valiente".
Pero algunas de sus películas me sobrecogen por su extraordinaria calidad. Una de ellas es la impresionante "La noche de los gigantes", de Robert Mulligan, un atípico western que narra el asedio de un indio sanguinario a una cabaña donde vive un aventurero que se ha retirado para vivir una vida tranquila y recoge a la mujer y al hijo del salvaje, quizá, para no sentirse tan solo. Una maravillosa película de un suspense fuera de serie de la que muy pocos se acuerdan y de la que ya hemos hablado en este blog.
También está aquella en la que era un sacerdote en busca de "Las llaves del reino"; o aquella otra en la que era un asesino del Oeste al borde de la retirada en "El pistolero"; o el comandante de un submarino en el Apocalipsis de nuestra civilización en la deprimente y notable "La hora final", de Stanley Kramer...Gregory Peck fue, de verdad, todos ellos.
Envejeció con elegancia y dinero aceptando el papel de Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood e intervenir en aquellas películas en las que sabía que podía dar el tipo como en la mediocre "MacArthur" o como el diabólico Doctor Mengele (en uno de sus pocos personajes de villano) en "Los niños del Brasil", de Franklin Schaffner. Claro que ahí el que se llevaba la palma era Laurence Olivier y su Yakov Liebermann.
Su última película fue "Gringo viejo", de Luis Puenzo, encarnando al mítico Ambrose Bierce, un periodista de avanzada edad que siguió de cerca la revolución mejicana y en la que todavía se atrevía a jugar al amor otoñal con Jane Fonda. La película no es maravillosa pero, desde entonces, y gracias a él supe que la mejor escritura que yo jamás podré crear, es entre los brazos de la mujer que amo.
Trabajó también con Hitchcock por segunda vez en una de sus más fallidas películas: "El proceso Paradine", en la que Charles Laughton le robó todo el pan y casi toda la sal y aún recuerdo aquel hombre que buscaba un ajuste de cuentas ante el terrible y cruel asesinato de su familia en "El vengador sin piedad", una película que me impresionó en mi infancia; o también como uno de los actores que mejor visitó el universo del desierto en una huida que sólo tiene término en una mujer de bandera en "Cielo amarillo", el excelente western de William Wellman; o, uno de mis preferidos, el cronista deportivo custodiado por un tipo tan sonado que duerme con los ojos abiertos en la maravillosa comedia "Mi desconfiada esposa", de Vincente Minnelli; o aquel periodista que se hace pasar por judío para comprobar las dificultades sociales que padecen los miembros de esa raza en la excelente "La barrera invisible", de Elia Kazan. Son tantas las deudas que tenemos contraídas con Gregory Peck que, aunque a algunos no nos entusiasme su estilo, debemos pagar con intereses la enorme calidad de muchos de sus trabajos a los que siempre aportaba su innegable apostura, su inconfundible clase de caballero, su elegante dignidad, su condición de ACTOR...así, con mayúsculas.
Y yo, por mi parte, cuando no sepa qué hacer con mi hijo, o qué decir, o cómo actuar, apoyaré suavemente mi cabeza en el regazo de Atticus Finch y, de forma que yo pueda entenderlas, me dará todas las respuestas...

Thursday, February 21, 2008

HOWARD HAWKS: ENTRE MUJERES Y RÍOS

Cuando Howard Hawks pasó por el Festival de Cine de San Sebastián para presentar una retrospectiva sobre su obra, un periodista le preguntó: "¿Cuál es la mejor de todas sus películas?". Hawks, siempre con una elegante sonrisa, contestó: "Dos cabalgan juntos". El periodista, extrañado, dijo: "¡Pero si es de John Ford!" y Hawks replicó: "Ah...¿es de John?...Bueno, de todas formas, es la mejor".
En el estilo de Howard Hawks siempre ha habido un lugar reservado a la camaradería, a la admiración entre compañeros implícita en la elegancia de un "dandy". Y también para las mujeres. Las mujeres heroínas de Hawks son siempre poderosas, dominantes, decididas, sobre todo a la hora de conquistar al hombre que aman. Parte de su fortaleza radica en que no se amedrentan con facilidad ante el sexo opuesto, con un atractivo irresistible, de respuesta nada titubeante y tan valientes como el mejor John Wayne.
Además, Hawks era rápido, efectivo, us películas nunca pecan de lentitud. Despreciaba el cine de Peckinpah porque decía que "con tanta cámara lenta, en el tiempo que él cuenta una historia, yo contaría tres". Era una fuente inagotable de lucidez creativa nacida de su azarosa vida. Antes de dedicarse al cine, Hawks podría decirse que era un aventurero profesional: piloto de aviones, de coches de carreras, periodista y un sinfín de empleos antes de llegar, como por casualidad, a esto del cine. Un oficio que realizó con genial precisión y eclecticismo poco igualado. De hecho, ni él mismo se consideró un artista sino tan sólo un eficaz artesano que trabajaba con una cierta despreocupación por el éxito y que en ningún momento se planteó la posibilidad de que trabajar en el cine pudiera o no gustarle sino que, simplemente, hacia su labor lo mejor que sabía.
Su gran campanazo lo dio con "Scarface", basada lejanamente en la vida de Al Capone, con unos hallazgos visuales impactantes, una fabulosa aportación de Paul Muni al papel principal y una arriesgadísima insinuación de incesto que no hubiera pasado la censura apenas tres años después. Con este título renovó totalmente las reglas del género de gángsters que apenas se había movido desde que en 1927 Von Sternberg sentara las bases con "La ley del hampa".
La "screwball comedy" o comedia loca, loca, nunca tuvo secretos para él tal y como demostró en varios títulos convirtiéndose en uno de sus géneros preferidos. Así, "La fiera de mi niña", proclamada unánimemente como la mejor de este tipo de comedias, vista hoy, es de una sorprendente modernidad, razón por la cual seguramente, cosechó un inmerecido fracaso en su estreno. También "Luna nueva", la película en la que Cary Grant y Rosalind Russell rivalizan para ver quién dice los diálogos más rápidos en la adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur "The front page" con la que Hawks consiguió un film incluso superior a "Primera plana", la versión que el mismo Billy Wilder realizó con el mismo material de partida.
Precisamente Billy Wilder y su compadre Charles Brackett escribieron para Hawks otra "Screwball": "Bola de fuego", con Gary Cooper y Barbara Stanwyck en una variación de "Blancanieves y los siete enanitos", con momentos de gran cine y alta comedia. Fue tan buena que Hawks intentó reeditar el éxito seis años después rodando otra versión, esta vez en clave musical, con el título de "Nace una canción" que si cinematográficamente no es perfecta, al menos es un tesoro melódico al desfilar por ella figuras de una talla jazzística irresistible como Benny Goodman, Louis Armstrong, Lionel Hampton o el Golden Gate Quartet.
En 1949, otra "screwball", "La novia era él", en la que se atreve a disfrazar a Cary Grant de mujer con unos diálogos descacharrantes que fueron elaborados en sus dos tercios por Orson Welles.
Cuatro años después, vuelve al género con "Me siento rejuvenecer" en la que Hawks enseña uno de sus lados más gamberros con la excusa de un científico que descubre, gracias a un travieso chimpancé, el elixir de la eterna juventud.
Por último, ya en los años sesenta, intenta mantener vivo un género que nadie supo explotar como él en "Su juego favorito", pero ni la comicidad de Paula Prentiss hace honor al sexo femenino retratado por Hawks, ni Rock Hudson es el hombre adecuado al que hacer mil perrerías con la cara y la elegancia de Cary Grant.
Cuatro ríos y un "remake" inconfeso marcan el grueso de la obra de Hawks en un estilo de western con sello e identidad propios. De hecho, se habla tanto de "western fordiano" como de "western hawksiano". El primero fue "Río Rojo", versión también inconfesa y en clave del Oeste de "Rebelión a bordo", con un actor de carácter, John Wayne y un actor del método, Montgomery Clift acompañados por una muy atractiva Joanne Dru en un maravilloso cóctel de resultados excepcionales.
Luego vino "Río de sangre", una rareza cuyo estilo anticipa lejanamente el que sería el de la "nouvelle vague" casi un lustro antes de su aparición con un Arthur Hunicutt pletórico en un papel principal y un Kirk Douglas sonrientee hasta con un dedo menos.
Y luego vino "Río Bravo", que Hawks hizo como reacción frente a "Solo ante el peligro", de Fred Zinnemann, porque "un pueblo jamás sería capaz de dejar solo al hombre que les defiende". En cualquier caso, "Río Bravo" es una obra maestra incuestionable, que contiene, tal vez, la mejor actuación de la carrera de Dean Martin y el retrato, sensual y arrebatador, de una mujer de armas tomar como Angie Dickinson.
Y aún mejor, más divertida, más desenfadada, más descuidada, es esa segunda versión no reconocida de "Río Bravo" que es "El Dorado", en la que Hawks junta a Wayne con Mitchum y hace el que, probablemente, sea el último gran western de la historia del cine hasta la aparición de unos cuantos personajes sin piedad de la mano de Clint Eastwood.
Su última película, es también el último río que cruza, "Río Lobo", otra maravillosa película, inferior sin duda a las anteriores y lastrada por una mala elección del reparto, pero que insiste en los principios de hombres que, a pesar de haber luchado en bandos contrarios, conservan el mismo honor y eso es un motivo para la unidad. Una película que, de alguna manera, resume la quintaesencia del cine de Hawks.
En un encuentro con Ernest Hemingway, Hawks apostó con él que sería capaz de hacer una gran película del peor e sus relatos. Hemiingway dijo que el peor de todos ellos, sin duda, era "Tener y no tener"...y el resto es historia. Hawks cinceló, como un Pigmalión moderno, a todo un estilo de andar y de mirar, de nombre Lauren Bacall y, dicen las malas lenguas que quedó muy decepcionado al enterarse de que ella había puesto los ojos en Humphrey Bogart. En la memoria de todos queda la fulgurante aparición de Bacall con la famosa frase "Si me necesitas, silba. Sabes silbar ¿no? Sólo tienes que juntar los labios y...soplar". El maravilloso guante aterciopelado de Hawks fabricó una notable película a partir de un material menos que insuficiente. Repitió fórmula con la pareja Bacall-Bogart en "El sueño eterno" consiguiendo, también, unos diálogos para enmarcar integrados en una trama negra apenas comprensible (aunque sí tiene su lógica, no crean) pero que, en el fondo, da exactamente lo mismo ante el magnetismo que emana de la pareja protagonista o ante las hipnóticas reglas del más puro cine negro (aquel de gabardina y sombrero de ala ancha). En esta película, el lío era tal que Hawks llegó a telefonear a Raymond Chandler, autor de la novela, para preguntarle quién diablos mató al chófer de los Sternwood. La respuesta del escritor fue clara y contundente: "Estaba totalmente borracho cuando lo escribí así que no tengo la menor idea".
Hawks también cultivó, con singular fortuna, el género de aventuras desde sus inicios pero fue cuando revisitó sus experiencias como piloto de aviones en "Sólo los ángeles tienen alas" cuando comenzó a dominar el género. La película fue concebida como un homenaje a los hombres que arriesgan sus vidas temerariamente a los mandos de un avión y a las mujer que, con el pie firme en tierra, esperan su regreso.
Durante la primera guerra mundial se dio la circunstancia de que un objetor de conciencia, Alvin York fue forzosamente reclutado para el frente y regresó condecorado como héroe de guerra. "El sargento York" proporcionó el primer Oscar a Gary Cooper en una magnífica película que confirma, como diría Ortega, qu los individuos siempre están condicionados por las circunstancias, pero su esencia es única.
Hawks abandona la aventura durante veinte años para volver con "¡Hatari!", una bienhumorada odisea africana, puro entretenimiento filmado, con una memorable partitura de Henry Mancini y que, en conjunto, se mantiene fiel al estilo de Hawks al narrar los avatares de un grupo de cazadores que trabajan para zoológicos europeos hablando, por el camino y para variar, de mujeres fuertes y de amistad.
Su despedida del género aventurero fue más bien triste con "Peligro línea 7000", otro intento de rememorar sus viejos tiempos al volante de un coche de carreras con un reparto inadecuado y unos resultados menos que discretos. Un fracaso que no empaña, en absoluta, una carrera brillante como pocas.
Por último, sólo quiero destacar una película de Howard Hawks muy poco reivindicada y que, para mí, es una auténtica joya: "Tierra de faraones". Interesantísima, a pesar de contar con un reparto sin estrellas y una maravilla visual que esconde todas sus cartas para mostrarlas al final y dejan un poso indeleble de admiración y sorpresa por el guión escrito por William Faulkner y los dificilísimos decorados de Alexandre Trauner. Un film que quizá debería introducirse en las aulas de nuestra depauperada enseñanza a la hora de estudiar la civilización egipcia.
Hawks fue un gran degustador de la vida, que la vivió con intensidad y que, como Cervantes, su experiencia vital fue la fuente principal de su extraordinaria inspiración. Entre ríos míticos cortados por caballos al galope y mujeres hermosas, tan atractivas como su tempestuoso carácter, Howard Hawks nos enseñó que siempre quedaba algún sueño eterno por descubrir, como el imaginario tatuaje de una danzarina balinesa tatuada en el pecho (y por una vez me van a permitir terminar con una referencia que sólo un buen cinéfilo podrá relacionar. Ahí queda eso, al estilo Howard).